La nublada historia de Niño Chaparrón
No era su intención ser el Niño Chaparrón, ni siquiera Niño Nublado. Él ansiaba ser cómo otros, cómo por ejemplo el Niño Soleado, pero hay aspiraciones que siempre se quedan en deseos. “Si todo lo que uno anhela se cumpliera, los deseos dejarían de existir o se llamarían de otra forma… “- pensaba Chaparrón. Nació un día de Otoño, y creció como la mayoría de chavales. Niño Chaparrón no era diferente ni se sentía distinto a los demás, aunque con el paso de los años se dio cuenta de que nadie en el mundo es exactamente igual a otro. Pero, ¿no es cierto que la gente prefiere sonrisas que irradian un agradable calor como las de Niño Soleado? ¿no parece todo más bonito cuando la luz lo inunda todo? ¿quién quiere tormentas que te dejan calado? Niño Chaparrón tenía una nube viviendo dentro de sí, junto a su corazón, y los demás no podían verla. No era complicado vivir con una nube ahí, estaba acostumbrado a tenerla y además tampoco era muy grande. Si no pensaba en ella no se acordaba de que estaba, pero ese cúmulo que habitaba en el pecho le producía periódicos ataques de melancolía, falta de confianza e incluso algunos miedos. Cuanto más pasaba el tiempo más frecuentes eran esos episodios. Sin embargo, la nube alguna vez se escapaba de su casero aprovechando alguna profunda expiración y volaba lejos de Niño Chaparrón. Entonces se producía un cambio en éste y algunos tímidos rayos de luz salían por sus ojos castaños. Su cuerpo irradiaba una extraña energía y se sentía capaz de todo, pero la nube siempre volvía aunque Chaparrón no quisiera. La nube, que era muy lista, esperaba a que se durmiera y entraba por su boca por la noche. Algunas veces la nube estaba más revuelta que de costumbre y se ennegrecía, entonces aumentaba de tamaño, y llovía en el corazón de Niño Chaparrón. La lluvia solía ser ligera y en poca cantidad, y producía melancolía. Otras veces la lluvia era abundante e iba acompañada de truenos y relámpagos lo que producía una enorme pena en el interior de Chaparrón. Tan fuertes eran algunas veces las lluvias, que anegaban el pecho de Chaparrón y éste no tenía más remedio que derramar lágrimas para no morir ahogado por la tristeza. El tiempo transcurría: nubes y claros, días soleados, lluvias…Afortunadamente para Chaparrón ahí estaba su familia y sus amigos para disfrutar con él en los días de sol y ofrecerle un paraguas para el alma en los días más oscuros. Largas conversaciones, risas, bromas, alguna que otra pequeña discusión, secretos, confesiones, descubrimientos…Cómo le gustaba a Chaparrón tener esos amigos, estaba orgulloso y agradecido por tenerlos. Un día, mientras caminaba junto a uno de sus amigos por un pequeño camino, Chaparrón se enamoró de una Risa que era viento y tuvo la fortuna de ser correspondido. Entonces la Risa tomó la mano de Chaparrón y camino junto a él, sin separarse. Era una Risa hermosa, profunda, musical. Jamás había oído algo tan hermoso. Era un sonido que reverberaba por su cuerpo, que le envolvía y le acunaba. Una Risa mágica, tanto, que cuando entraba dentro de Chaparrón se convertía en viento, un viento cálido que expulsaba a la nube de su húmedo corazón. Y se lo calentaba. Tan mágica era la Risa que el corazón ya no era tal, si no un campo de rojas amapolas que bombeaba el opio del amor por todas y cada una de sus venas. Un viento que le impulsaba a seguir caminado más y más allá. Sin embargo como casi en todos los caminos, en éste también había piedras y Chaparrón y Risa tropezaban no pocas veces, pero volvían a retomar el paso. También encontraron algunos puentes que aún no estaban acabados, por lo que se hacía necesario dar algunos rodeos y el camino se hacía más largo de lo que ellos pensaban. Y llegó un día en que uno de los tropiezos fue enorme, Chaparrón y Risa se trastabillaron y cayeron al suelo y, aunque lo intentaron fueron incapaces de levantarse sin soltarse de la mano. Tuvieron que tomar una decisión, la más dolorosa que había tomado Chaparrón en su vida. Cada uno debería seguir por sendas diferentes. Aún se amaban, pero si caminaban con las dos manos libres, podrían mantener mejor el equilibrio y evitar esas caídas que tantos rasguños habían provocado en rodillas, codos…y que tanto dolor les producían. Así que se despidieron, y la Risa se fue de Chaparrón. Pero no se marchó a través de sus poros u oídos o por su boca, si no que hizo un enorme agujero en el centro del pecho de Chaparrón, que se sintió morir porque el dolor era inmenso y le impedía respirar. Risa tomó un pasadizo que la llevó muy lejos, tanto que incluso un Océano cabía ahora entre ellos. A duras penas, Chaparrón continuó caminando, al principio con fuertes dolores en las piernas y con una sensación extraña porque se había acostumbrado a utilizar a Risa como un bastón. Era como aprender a andar de nuevo. En los primeros kilómetros Chaparrón no dejaba de llorar, caminaba con lágrimas que recorrían sus mejillas y caían justo delante de sus pies. La nube había aprovechado que ya no estaba la risa/viento y volvió a Chaparrón más negra y grande que nunca, y ahora que tenía ese gran boquete en el centro de su cuerpo todo el mundo la podía ver. Pocos metros más adelante volvió a encontrar a sus amigos, que le dieron una camiseta para que cuando Chaparrón mirara para abajo no se viera el tremendo vació que tenía en el centro de su ser. Paso a paso, se empezó a encontrar mejor, caminaba más rápido e incluso alguna vez se atrevió a tomar sólo alguna que otra bifurcación. En una de ellas encontró nueva gente, nuevos retos, nuevas responsabilidades y empezó a sentirse mejor. Meses y meses después se levantó la camiseta y vio que el agujero estaba cerrado, solo quedaba un pequeño orificio imperceptible para la vista. Chaparrón continúa su viaje, junto a su familia y amigos. La nube no se ha marchado, sigue dentro de él, tiene días mejores y peores. El tiempo pasa: nubes y claros, días soleados, lluvias… Pero cada vez que sopla la brisa, Chaparrón descubre con asombro que puede sentir a la Risa jugando alrededor de él y entonces comprende que jamás dejará de amarla. Tic, tac, tic, tac…el tiempo pasa: nubes y claros, días soleados, lluvias… y por el momento el camino no se acaba.
Con esos amigos tomó un camino, recto a veces, tortuoso otras, con cuestas enormes y descensos vertiginosos, una verdadera montaña rusa. El camino era inmenso y no se veía el final, y de ese camino principal desembocaban otros más pequeños. Aunque Chaparrón y sus amigos seguían la misma dirección, en ocasiones se separaban y cada uno caminaba por distintas sendas , pero al poco tiempo volvían a encontrarse en la principal. Muchas veces, cuando se volvían a ver, lo hacían acompañados de otros. Esos “otros” tenían distintas procedencias: conocidos, amores fugaces, compañeros de estudios, de trabajo, novias y novios…Algunos de ellos también se convirtieron en amigos y compartieron el viaje de Chaparrón y Chaparrón el suyo.
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